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Refugio en la cerámica: un corazón en barro

El taller como refugio

Hay momentos en los que el mundo se siente demasiado ruidoso, demasiado acelerado. Y es entonces cuando me refugio en la cerámica. No es solo trabajo; es un espacio donde el tiempo se dilata, donde cada gesto tiene un ritmo propio y donde la arcilla habla antes de que yo diga una palabra.



El corazón que moldea

Amasar la arcilla, sentir su peso y su humedad, es volver a un origen. Mis vaivenes en el amor, mis emociones que suben y bajan como mareas, afloran en la forma de cada pieza. La arcilla se convierte en espejo de mi corazón: cada cicatriz, cada arruga, cada textura refleja lo que siento, lo que he amado y perdido, y también lo que aún sueño.


Cada cicatriz de la arcilla refleja una cicatriz del corazón."


Escuchar y entregarse

Modelar es escuchar, pero también es entregarse. Es permitir que la arcilla reciba los ecos de mis sentimientos, que guarde secretos que no caben en palabras. Las imperfecciones, las grietas, las texturas que emergen, no son fallos: son la evidencia de que la materia también siente, respira y recuerda.



Transformación y eternidad

La cocción transforma lo frágil en permanente, como el amor que ha sobrevivido al tiempo. Las piezas que salen del horno no solo son objetos, son testigos de un proceso que me mantiene centrado, recordándome que cada arruga, cada marca, cada cicatriz, es belleza. Hay en ellas una poética antigua, romántica, de siglos pasados, donde el amor y el arte se entrelazan y lo efímero se vuelve eterno bajo las manos de quien sabe escuchar.


El refugio final

En la cerámica, aprendo a ser paciente, a observar, a respetar la naturaleza de la materia y de los sentimientos. Y al final, cuando la pieza termina y me encuentro frente a ella, siento que he encontrado un refugio: un lugar donde mi corazón y la arcilla laten al mismo ritmo, donde mis emociones se hacen forma y mis sentimientos se vuelven memoria tangible.





 
 
 

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